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Mármoles Pedro Lifante

El siglo de oro español tiene un nombre: el de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, más conocido como Diego Velázquez, pintor barroco considerado uno de los máximos exponentes de la pintura en España y maestro de la pintura universal. En 1656 pintó su composición más grande (Palomino, 1974): 3,21 metros de alto por 2,81 de ancho es el tamaño real de Las Meninas, retrato al óleo sobre lienzo formado por tres bandas de tela cosidas verticalmente, en el que las figuras ubicadas en primer plano se representan a tamaño natural (Marías, 1999). Las Meninas se convierten, de este modo, en una obra de arte reconocida internacionalmente.

El tema central del retrato es la infanta Margarita Teresa, posterior emperatriz del Sacro Impero Romano Germánico. Está colocada en un primer plano y rodeada de sus servidoras palaciegas, las meninas, que respondían a los nombres de Dña. María Agustina Sarmiento y Dña. Isabel de Velasco, y que muestran una actitud complaciente y atenta con la infanta. A su vez, la pintura también representa a otros personajes: al propio Velázquez, trabajando en su obra; a los enanos Mari Barbola y Nicolasito Pertusato, éste último, azuzando a un perro mastín; a la dama de honor Dña. Marcela de Ulloa, junto a un guardadamas, y, al fondo, tras la puerta, a José Nieto, aposentador (Portús, 2013). Por último, aparecen las imágenes del rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria, reyes de España, reflejadas en un espejo y testigos de toda la escena (VVAA, 1982; Justi, 1999; Cabanne, Soler y Masafret, 2007).

En todo momento se observa la gran habilidad del artista para resolver cualquier problema de composición del espacio, gracias a su inteligente dominio del color y a su gran facilidad para caracterizar cada personaje (Artehistoria, 2017): elementos como un simple foco de luz, una puerta abierta o una serie de lienzos colocados a distintas alturas demuestran, una vez más, el ingenio de Velázquez a la hora de representar la profundidad y las figuras humanas en contextos determinados. Los personajes habitan en un espacio modelado gracias a las perspectivas científica y aérea, en las que la luz se erige como el elemento más importante.

Las figuras que aparecen en el primer plano están resueltas con pinceladas sueltas y largas, con pequeños toques de luz procedentes de un enorme ventanal, presuntamente, ubicado a la derecha del retrato: de hecho, esa luminosidad alcanza los bordes del lienzo, el objeto que su ubica más cerca, tal y como puede observarse en la obra. La falta de definición aumenta hacia el fondo y se observa también en las vestimentas, en dirección a los planos más profundos, donde se presupone que ya no incide la luz del ventanal y que, la luz que entra por la puerta, tan sólo ilumina la espalda de los personajes y los elementos más alejados. Por su parte, la penumbra aumenta desde el suelo hacia el techo, diluyendo los rasgos de los lienzos ubicados en la parte más alta,  donde se presupone la ausencia de iluminación artificial. Además, los reyes de España se ubican en una posición más alejada, presumiblemente, fuera de la obra, y es posible que Velázquez les esté observando; de ahí su reflejo en un espejo, lo que se erige como un toque distintivo y señorial. Autores como Brown y Garrido (1998) han referido esta capacidad de Velázquez para crear una atmósfera nebulosa como la parte más lograda de toda la composición.

Igualmente, la distribución de los espacios arquitectónicos es compleja, mucho más que en cualquiera de las otras obras del pintor. Para empezar, es la única en la que aparece tanto el suelo como el techo de la escena, en un contexto de profundidad acentuado por la alternancia de las jambas de puertas y ventanas. Además, en esa alternancia juegan un importante papel los marcos del resto de cuadros y lienzos, colgados tanto en la pared de la derecha como en la del fondo, así como las dos lámparas de araña que, en esta ocasión, no están encendidas.

Las Meninas tiene un significado inmediato accesible a cualquier persona, y así lo destaca Portús (2013) en su obra: se trata de un retrato realizado en un espacio concreto y protagonizado por unos personajes conocidos, donde su valor estético es más que evidente. Los espacios creíbles, la unidad en la composición y la variedad de detalles son sólo algunas de las características más valoradas de esta obra, que fue capaz de dar el paso hacia el ilusionismo de la Edad Moderna, buscando la vida y no el parecido en sus personajes. De hecho, este tipo de elementos ha dado lugar a una multitud de reflexiones acerca de su significado, que oscila entre la política, la historia y el arte gracias al buen saber de Velázquez a la hora de distribuir y representar cada componente.

Definitivamente, tanta riqueza y variedad de contenidos, en un contexto de complejos significados y variedad de acciones, convierten a la obra de las Meninas en uno de los elementos más representativos del Museo del Prado, donde permanece expuesta. Gracias a ella, el género pictórico avanzó hacia la denominada pintura de historia, una verdadera reivindicación desde que Velázquez se estableció en la corte en 1623. El efecto espacial que logró Velázquez gracias a su precisa forma de difuminar contornos crea una sensación tridimensional en el espectador, como si fuese posible compartir espacio con los personajes en el momento en el que decide detenerse delante de esta maravillosa obra de arte.

REFERENCIAS  BIBLIOGRÁFICAS

Artehistoria (2017). Las Meninas: la familia de Felipe IV [en línea]. Disponible en: http://www.artehistoria.com/v2/obras/3.htm (17 de mayo de 2017).

Brown, J. y Garrido, C. (1998). Velázquez: la técnica del genio. Madrid: Encuentro.

Cabanne, P.; Soler, J. y Masafret, M. (2007). El Barroco. Barcelona: Larousse.

Justi, C. (1999). Velázquez y su siglo. Madrid: Istmo SA.

Marías, F. (1999). Velázquez: pintor y criado del rey. Madrid: Nerea.

Museo del Prado (2017). Las meninas [en línea]. Disponible en: https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/las-meninas/9fdc7800-9ade-48b0-ab8b-edee94ea877f (17 de mayo de 2017).

Portús, J. (2013). “Velázquez y la familia de Felipe IV (1650-1680)”, en Portús, J. Diego Velázquez, 1650-1660: retrato y cultura cortesana. Madrid: Museo Nacional del Prado. Pp. 19-59.

VV AA (1982). Historia universal del arte: volumen 13. Madrid: Sarpe.

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